Tránsito en un pozo

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Tránsito en espiral, Remedios Varo (1962)

Dicen que está encorvada en el fondo del pozo. Que a una hora exacta le roza los labios un rayo de luz, pero nada más. Nada más. Nunca. Ha conseguido, dicen, que el cuerpo perdure y que el cuerpo funcione sin necesidad de agua. El agua se crea con las lágrimas. El agua nace de las lágrimas. La prueba es, dicen, que brota a chorros y se dispara a las paredes y sale por un conducto situado en la sombra sur del amplio pozo. La prueba es, dicen, que nadie le da de beber. Hay un cuerpo y hay tierra: hay un cuerpo encorvado y hay tierra que cobra la forma de los estómagos. Una digestión, dicen, milenaria. ¿Cómo mide el tiempo? ¿Cómo sabe que la llaman vieja? ¿Cómo conoce los ojos de los otros y las leyendas de los otros y los dedos veloces de los otros? Los otros que beben lágrimas. Los otros que sorben saliva. Los otros y el mensaje que, dicen, se equivoca.

Dicen que respira. Dicen que hay sangre y vitaminas y una selectiva alimentación geológica. Quiero decir que come piedras. Quiero decir, en contradicción a todo, que no come. Que le hace falta un segundo para morderse el brazo y marcar los dientes. Y en el pozo hay, he oído, muchos segundos. ¿Cómo mide el tiempo? Mordiscos. Tiempo. Y silencio. El silencio encorvado en el fondo del pozo. El silencio dando vueltas, dejando un camino a su paso. La baba de los caracoles. La baba del silencio. Es pegajosa y dura y aplasta el rayo de luz que le roza los labios. Sin esa luz se moriría. Sin esa luz dejaría de haber lágrimas y dejaría de haber agua para la sucia ciudad en ruinas. Sucia ciudad en ruinas. Por eso introducen un tubo. Por eso el tubo lleva conexiones. Por eso implantan un ruido a una hora exacta: no saben si es un gato, si es el motor de un coche, si es el chapoteo de unos dedos dentro de un hueco cerrado.

¿Quién sabe, dicen, quién sabe? ¿A quién le importa saber? Dicen que vivirá. Dicen que ya ha vivido. Mucho más que otros. Pero no hay ninguna herida y no hay ningún cardenal y no hay ninguna estrella contaminada entre las cejas.

Calidad de vida: ninguna estrella contaminada entre las cejas.

La conocí. Recorrió mi cuerpo. Fui un pozo. Fui un pozo hace tiempo. ¿Cómo medir el tiempo? A través de los ojos de los pozos. Se hizo amiga de mis dedos: comían avellanas, tomaban café en el patio, buscaban insectos y les hacían cosquillas. Yo solía creer que las avellanas eran el símbolo del amor, pero (dicen) me enseñó lo contrario. Iba con mis dedos a la fuente, mordisqueaba frutos secos, me miraba con asco. Ensayaba mirarme con asco. Quería aprender a mirarme con asco. Aprender como un camino y aprender como una sujeción: si había asco por el pozo, si había asco por el centro del pozo mientras le hacía ventanas con el filo de la boca, estaba abierto. Y en un pozo abierto hay rayos de sol que rozan los labios y hay recetas de comida india y hay un sonido de gatos y motores de coches que llevan música.

Sucia ciudad en ruinas. Dicen que la conquistó. La ciudad a ella. Como si la Historia girara los ojos. Como si la Historia se mirara los huecos del cráneo y descubriera un cerebro que se está pudriendo. Reclusión milenaria. La conocí, pero hay un cuerpo delgado y encorvado en el fondo del pozo. Tiene los ojos cerrados y el pelo formado por kilómetros. Y se abriga. Con los labios. Extendiendo los labios alrededor de los hombros. Haciendo una mueca de fantasmas. ¿Habrá fantasmas en los pozos? ¿Habrá viejos papeles de colores amarillos? ¿Habrá canciones mutiladas o uñas deshabitadas en los pozos? ¿Habrá pozos en mis uñas, tal y como dicen? La sucia ciudad en ruinas quiere saberlo. Yo me ahogo. Yo no soy nada a su lado. Es decir: a su lado mi materia se apaga y yo me apago como la materia y la materia se apaga al ritmo de mis ojos asquerosos. Asquerosos, latentes: mis ojos son mi corazón. A su lado utilizo los ojos como corazón y sé que no hay nadie que sepa que hay corazones como ojos y ojos como corazones y por ese lado, dicen, puedo estar tranquila.

Puedo estar tranquila. Nadie me descubre.

La conocí. Quise desagrietar el nudo. Iba a lograrlo (eso dicen, tal vez por su forma de buscar el eco en mis orificios), pero una mañana me puse de pie y ella era pequeña y lloraba y me dijo que no y me pidió la hora y no pudimos descubrir cómo se mide el tiempo. ¿Cómo se mide el tiempo? A través de las muecas de los cuerpos. A través de la calidad de vida. Consistente en abastecer a la ciudad de estanques. Consistente en producir y en ser un milagro y en no necesitar agua para poder llorar. En no necesitar nada para poder llorar. En no necesitar nada, dicen, excepto un pozo. Un invertebrado y profundo pozo.

Y a mí. Sentada en el patio. Con las manos llenas de avellanas.

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