Viernes, 14 de octubre de 2016

lyona
Foto: Lyona
Cuando estés sola habrá unos ojos y después la nada. Vendrán en la cena. Tendrás el pelo sucio y los labios cortados (te levantas, te peinas, haces pis. Siempre que tienes el pelo sucio se te cortan los labios. Siempre que te levantas y te peinas y haces pis estás sola). Tú, filo de estrella, ¿qué querrás decir? Los ojos soplan la sopa y esperan. A ti, te esperan a ti. Y no serás la única. No serás la única que cene a las dos de la mañana ni que brille hacia dentro ni que sienta la necesidad de que le toquen. Porque hará tiempo que nadie te toca. Porque habrá una capa de barro sobre tu ombligo. No serás la única que no hable, que no hable ni siquiera con las paredes. Esas blancas y sádicas paredes. Cuando estés sola habrá unos ojos y después la nada. Visión: el izquierdo es rojo. Como la sopa de tomate, como la sangre que se desliza (que se deslizará. No será tan tarde) hacia la tierra. Sangras contra la tierra. Menstrúas contra el césped. Y lo recordarás. Delante del ojo, cuando el ojo aparezca y después la nada. Y habrá un gato, y bailará por la estancia (el habitáculo. ¿Qué pensabas?) para recordarte que no pasa nada. Nada.
Y no habrá pasado nada en años, y qué importarán los ojos o el agujero que vendrá con ellos. Que profetizo que vendrá con ellos. Ya no serás joven. Cuando estés sola no serás joven. No darás corriente, no tendrás razones para masticar la piel que cuelga de tus labios. Una cena, una cuchara. Ya escuchaste toda la música del mundo y es mentira: un día, mucho antes, te cansaste. Dijiste basta, y dijiste cállate, y dijiste llora. No habrá razones para llorar, pero no serás feliz (¿a cuántas personas, dime, contradices con esto? ¿Cuántos libros, cuántos años de pensamiento, cuánta filosofía tirada por el remolino del váter? ¿Cuántas veces te has atrevido, dime, a ir hacia atrás? Ausencia de dolor, ausencia de miedo. Infelicidad. Podrida, macabra infelicidad. Dónde está Mario). Habrá unos ojos. Les darás la sal. Querrás lamerlos. Sabrás que no.
Sabrás que no. Será peor y sabrás que no. Y la casa tirada y los cacharros sucios, y la pecera vacía y el teléfono roto. Y tus manos. Míralas ahora. Suaves, limpias manos. Eficientes. Sirven para lavar y para acariciar y para matar. Sirven para hablar. Pero no serán nada. Nada. Tendrás la misma marca de nacimiento, la misma marca del estómago (perdón: el útero. A ti no te comió nadie) de tu madre. Pero nada, nada. La nada golpeando como un puño imaginado. La nada abriéndote como una uña rota. La nada palpando. Ella tiene manos, ¿qué pensabas?, y las tuyas no servirán. Habrá unos ojos, los mirarás con tedio, pensarás en algo. ¿En qué? ¿En ti ahora, en ti ahora encendiendo cigarrillos y haciendo el amor en un sofá podrido? Eso también pasará. Ahora no lo sabes, pero el tiempo. Y estarás sola y habrá unos ojos y después la nada. ¡Sopa de tomate! ¡Tú siempre has odiado la sopa de tomate!
Te pedirán un documento. Los ojos querrán tener certeza. Porque delante de tu rostro habrá otra piel (otra piel comida por las hormigas) que no dejará pasar la luz. Enterrada, a oscuras. Un documento que diga tu nombre o que al menos provoque la sangre. Un documento que les haga cerrar el día y cumplir con su trabajo. Pero no. Los habrás quemado todos. Liberada del tiempo, del mundo, del cuerpo. Hasta la raíz. Cuando estés sola llegarás a la raíz. Y el gato, y el tomate. El ojo derecho será negro. ¿Qué otra cosa es negra? ¿Qué otra cosa va a ser negra? ¿Qué otra cosa ha sido siempre negra? No encontrarás los papeles (¿qué pensabas?) y la vergüenza será asquerosa. Tendrás que comer piedras. Tendrás que hacerte cortes. Tendrás que vomitar. Si quieres que te reconozcan tendrás que vomitar. Pensar que habrá un reguero de cemento y después vomitar. Esculpir la identidad con el estómago. Esculpir. Con el estómago.
Cuando estés sola habrá unos ojos y después la nada. Los mirarás como si no estuvieran. Como si siempre los hubieras visto. Y pensarás en Pavese, y no será así. Eres hija de una voz y vas a querer hablar bajito, susurrarles tu cabeza. No hay manera. No habrá manera. Prohibido el estruendo. Prohibido callarse. Prohibido todo. Vivir está prohibido y no vendrá la muerte. Solo dormirás. Como siempre. Y tocarás tu cuerpo. Como siempre. Y no sentirás nada. Ah, no sentirás. Te quedarás bizca y te saldrá pelo en las manos y soñarás con pájaros: nada más que eso, nada más que el miedo. Pero
harás algo.
Cuando estés sola y haya ojos. Cuando lo sepas. Sí, así debe ser. ¿Qué creías? El miedo te puede. Siempre. Y harás algo. Te pondrás de pie. Como una tormenta. No dirás nada. Como un rayo. Abrirás el vidrio. Como un ciclón. Y después el tedio. Y después la marcha. Y después el lápiz. Con tus vejadas manos. Con tus repiqueteantes manos. Con tus manos muertas. Miedo, miedo, miedo. Por toda la casa. Por todos los muebles y toda la ropa sucia. ¡Por el fregadero, por la mugre del baño, por la cama deshecha! Y tu cuerpo: miedo en las pantorrillas, miedo en los hombros, miedo en el pubis. Miedo en la curva de los pechos. Como siempre. Miedo negro, miedo azul, miedo naranja. El rojo y el verde, siento decírtelo, tendrán la punta rota cuando estés sola y haya unos ojos. Y qué. Y qué. Porque harás algo. Porque se asombrará el gato y se asombrará tu oído de que haya una canción nueva. La de tus pies dándole golpes al suelo de vinilo y la de tus dedos rebuscando en la caja y la de tu boca respirando con agitación (casi el sexo, casi el olvidado dolor de las estrellas en el pelo).
Cuando estés sola habrá unos ojos y después la nada.
Porque irás al baño, te tocarás la cabeza. Otra vez. Te acercarás al espejo. Como un gusano, reptando como un gusano. Y ahí:
Un ojo rojo y otro negro.
Y la canción de los cristales cuando se rompen contra la nada.
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