Tranvía

brassai
Foto: Brassaï

pero lo haces: te paras en medio de los raíles del tranvía esperando a que pase, a que pase y a que te arrolle y a que te convierta en un amasijo de carne, de tripas, de nada. te metes de lleno en la vía esperando a que pase el tranvía, mirando hacia un lado, con la convicción ciega de que quedan ocho minutos (benditas paradas, prediciendo la muerte) y lo más seguro es que llegue alguien que te conoce o que no te conoce pero que siente lástima y te saque de ahí, alguien que te arrastre con desesperación por la camiseta porque ni la ciudad ni los ciudadanos se merecen ver tu cuerpo comido por el transporte público. y sí, lo más probable es que nadie antes que tú haya pensado que ocho minutos son demasiado tiempo para querer morir, que caminarás de nuevo hacia el otro lado y cruzarás un río (un río, ¿comprendes?), pero esto que haces no tiene nombre. nadie se atreve a ponerle un nombre porque esto no lo hacen las buenas personas, y solo las buenas personas se atreven a ponerle nombre a lo que hacen porque no tienen que responder ante la señora que te aparta de las vías y te pregunta, mojándote la cara con un perdigón, qué coño estabas haciendo. aunque queden seis minutos, seis exhaustivos minutos que significarían ante los ojos de cualquiera que solo te habías parado para descansar, para tomar el aire. que sabías que faltaba un rato pero que el tranvía iba hacia ti como una máquina de apagar móviles (y cuerpos). ¿habría sido posible, dime, que hubieras esperado seis minutos más? seis minutos entre ti y la nada. seis minutos que gastas ahora sentada en la parada, mirándote las piernas desnudas por debajo de una falda que no, que no, que no te representa. ¿quieres morir? ¿quieres que duela? ¿quieres sentir que quieres morir y que quieres que duela? lo haces, claro que lo haces: ahora contemplas los raíles con tristeza, piensas en todo lo que te han robado la señora y sus perdigones, en todo lo que te ha quitado el mundo porque siempre hay alguien en la calle y siempre hay alguien que te roba la muerte. la muerte, la escupida muerte. y viene el tranvía como un rayo y la pantalla palpita: 1 minuto, 1 minuto, 0 minutos. en este instante tu cuerpo se habría disuelto en pedazos y el chico de la bici, la chica con rastas y la señora de los perdigones te habrían visto por dentro. todo tu interior esparcido bajo los pies minúsculos de las veinte personas que van en los vagones. y si te subes al tranvía vas a sentir cómo surfeas por encima de tu muerte, de tu suicidio cobarde. si te subes todos te van a mirar porque has crecido, te has apartado del final y has crecido hasta pasar por encima de ellos y hasta tener los dedos grandes como farolas. vas a llegar a casa, honey. pero lo haces: no te subes, no te subes. 10 minutos para el próximo tranvía.

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