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¿Cuánto miedo me queda?

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Girasoles

original
Juliette Binoche en Tres Colores: Azul

Caótica respira. Caótica respira humo. Caótica se mira en el espejo del baño.

Sobre la pasta de dientes, Caótica. Como una sombra o un agujero. Como el rastro que dejan las tijeras en el papel. Triste, ¿qué sucede?

Triste fuma en la ventana. Triste se estudia las uñas. Triste quiere plantar girasoles. Caótica, plantemos girasoles.

Voy a irme.

Voy a irme antes de que las flores asomen la cabeza.

Antes de que se sequen y tengas que dárselas de comer a los perros. Antes de que te olvides. Antes de que me mires, Triste, como si fuéramos gatos o personajes de una película muda. Antes de que llueva o truene o haga frío y queramos meternos en las mantas. Antes de que quieras que me quede.

Caótica lo sabe. Querrá que se quede.

Triste, voy a irme. ¿Escuchas? Me voy.

Triste mira la calle. Triste quiere saber qué pasa con el niño que está intentando robar la bicicleta. Triste no sabe, pero escucha. Y Triste.

Caótica se acerca al salón. Espalda, pelo que cae. Camiseta corta y piernas y ropa interior que solo ella, solo Caótica conoce. Piensa en el cajón de la mesilla. Piensa en los papeles. En la carpeta de Triste.

Triste dibujó girasoles. Triste dibujó macetas. Triste dibujó los ojos de Caótica, y en el dibujo de Triste parecían tristes. De pestañas largas. De negro, de negro como los ojos de una adolescente. ¿Cuántos años tienes, Caótica? Tengo muchos. Y aquí llevo las uñas negras. Y aquí estoy desnuda, y abro las piernas, y mis pechos son albinos. Triste, este dibujo no lo conocía.

Caótica, ponte así. Dobla la boca. Quítate las gafas. Quiero saber qué hay detrás. Quiero saber, un momento… Sí, saber cómo pintar tu mirada que me mira. Y ese brillito de ahí. Eres de carboncillo.

Caótica se tumba. Caótica en silencio.

Años. Años en esta cama. Soñando con la hierba. Campo verde, campo limpio. Lejos de los edificios. Caótica lo sabe. Yo, en realidad, soy un animal. Y aquí no me quieren. Y aquí no me quiero. Tengo la maleta en el armario. La he llenado de ropa, de ropa que no voy a necesitar. Ni a querer. Yo solo quiero, yo solo quiero…

¿La solución es la muerte?

La solución no es la muerte, pero el niño robó la bicicleta. ¡Mira, robó la bicicleta! No quiero que le pillen. C, que no le pillen. Si plantáramos girasoles, si saliéramos a plantar girasoles. Estoy harta de tanto polvo. De la suciedad y de que no me veas. Estoy acabada. ¿Qué voy a hacer, si estoy acabada? ¿Qué puedo hacer por ti? Mírate.

Cuerpo en la cama. Piernas, puente de piernas. Arco de piernas. Cómo saberlo, mi amor. Si poco a poco te has ido convirtiendo en cemento. Y tienes ventanas. Y hay luces que se encienden y se apagan. Ahí, en tu boca. ¿Cuánto dejaste de tener dieciocho años, Caos? ¿En qué momento quitaron el andamio? Te han pintado, no me enseñaron la paleta de colores y se colgaron de tus orejas y taparon todas tus grietas. Sólida, tan sólida. Y mientras, yo.

Quiero plantar girasoles.

Triste, reconoce que no puedes más conmigo. Que quieres, en el fondo, que coja la puerta. Y que sonría al irme. Que no haya consecuencias, que la casa no me extrañe. Va a crujir. Sin mis manos va a crujir. La casa respirará, como en el libro que odias, y yo no estaré, como en 62. Caótica se limpia la cara con los dedos. Caótica se sienta y esconde la cabeza. Caótica, tercera persona, asco prematuro. ¿Cuándo dejé de tener dieciocho años?

Y ahí tu antena rota, rota por alguna tormenta que no he visto. ¿Por qué no la he visto? Tu antena rota. Tu antena rota no recibe mis señales ni mis llamadas ni mis llamas, y por eso no me ves, y por eso no me buscas. Niña, mi niña, ¿lo han habitado todo?

Triste quiere tabaco. Triste emprende acciones. Triste pone música.

Oh, my god, I feel it in the air…

¿Quieres cenar?

Caótica no habla. Caótica se lame la rodilla. Caótica quiere llover o llorar o derretirse.

No cocines. Chino.

Rollitos de primavera y arroz tres delicias y pollo con bambú y setas.

Como cuando me querías.

Triste, en la cocina, busca papeles. Hojas del médico y facturas y bocetos. Bocetos viejos. Que no terminaré jamás, nunca jamás, y que debería tirar, pero si Caótica quiere chino, si ella quiere cenar chino… Qué puedo hacer yo. Quiero plantar girasoles.

Triste llama. Caótica se apaga.

Ven a ver una peli, porfa.

Sofá. Manta (manta, siempre la maldita manta, siempre el tacto maldito en mi maldito cuerpo. En mi maldita piel que ya conoces, que ya conoces tanto). Un segundo sin música y después anuncios, disparos, sexo. Y Tres Colores: Azul.

¿Crees que es para hoy, crees que esto es para hoy? Voy a irme, Triste, y tú ya no me quieres. Me aprieto contra ti. Como cuando me querías. Calor y olor y la crema que te compré en The Body Shop. Adecuado cacao para tus adecuados ojos. ¿Te olvidarás de este olor, Triste? De nuestro olor. Nuestros olores que se mezclan ahora y mis ganas de llorar. Tus ganas de llorar. Antes de que los girasoles se sequen y tengamos que comérnoslos. Antes de que me duerma. Antes de que llegue la cena.

Caótica, ¿cuándo dejaste de tener dieciocho años?

Y te crecieron cables y mesas y fogones. ¿Cuántas personas hay dentro de ti, cuántas de ellas se están mudando ahora? Fumo. Triste fuma. Soy tu chimenea. Sé que te cansarás. Sé que aún crees que estás sobre plano. Sé que no lo sabes. Yo, aunque quiera girasoles, estoy acabada y devastada y hago crac cuando camino (¿lo sabías, mi amor?). Y qué puedo hacer si lo único que me importa es que no se te caiga la pintura, si lo único que yo deseo es que te llenes de vida y que todos quieran entrar en ti y que tú seas, que tú seas, que tú seas. Te cansarás, lo entendrás. Quiero que seas feliz, aunque tenga que dejar de dibujarte.

Mi niña eléctrica.

Mi niña de hormigón.

Mi niña llora. Mi niña está muy mal.

Cuando me querías. Cuando me querías. Cuando hacíamos el amor sin ceremonias. Cuando me besabas en la boca y era todo el cuerpo, era todo mi cuerpo. Cuando no podíamos dormir. Cuando miramos las estrellas desde el coche. Esa noche, Triste. No te importaba mi risa ni mis pecas ni que tuviera siete años menos que tú. Ahora me escupes el mar en la espalda. Y yo solo quiero que, que.

.

Cama. Tele que vocea. Binoche está pasando las manos por el muro. Triste hace zigzag. Triste se estira. Triste coge papel, carboncillo, fuerzas.

¿De verdad quieres que te dibuje ahora?

Sí, ahora mismo.

Manos. Rápidas manos, pequeñas manos. Mecánica. No, esta vez no. No hay mecánica. Quiero y puedo. Vas a llorar otra vez, pero puedo. Te dibujo con trazos gruesos y ahí está tu boca (tu larga boca), y tu pelo (tu eterno pelo), y las marcas de tu frente (todas las constelaciones de tu frente). Y ladrillos, en tus ojos ladrillos. Para que te veas, mi amor, así de entera. Como eres. Como eres ahora, ahora que ya no tienes dieciocho y que ya no. Que ya no.

Triste.

¿Hm?

Triste.

Voy a quitarme el pijama.

Voy a quitarme el pijama muy despacio.

Para que me veas.

Caótica es piel. Caótica aparece poco a poco. Caótica sin pantalones, desabotonando la armadura. Caótica es: piernas, una rodilla mordida, curva de cárcel, ombligo y después miedo y después dos círculos del color del atardecer, dos círculos en la cumbre de. Caótica es vello suave, pies, súplica.

Si no vienes y me tejes y me destejes, si no vienes y me tumbas contra el colchón y me aspiras con urgencia, si no piensas en aquella vez, bajo las estrellas, si no me miras dentro de los ojos, si no me aprietas la boca con tu boca rota, si no me traspasas el humo a la garganta y tu voz a la garganta, si no me haces girarme hacia el sol, si no me muerdes así, así…

Por favor, no te des cuenta todavía.

Déjame mirarte.

¿Qué voy a hacer sin ti? ¿Qué voy a hacer contigo?

Triste lame las paredes. Triste llega a los cimientos.

Caótica se arquea. Caótica solloza.

Timbre. No hay respuesta.

Tranvía

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Foto: Brassaï

pero lo haces: te paras en medio de los raíles del tranvía esperando a que pase, a que pase y a que te arrolle y a que te convierta en un amasijo de carne, de tripas, de nada. te metes de lleno en la vía esperando a que pase el tranvía, mirando hacia un lado, con la convicción ciega de que quedan ocho minutos (benditas paradas, prediciendo la muerte) y lo más seguro es que llegue alguien que te conoce o que no te conoce pero que siente lástima y te saque de ahí, alguien que te arrastre con desesperación por la camiseta porque ni la ciudad ni los ciudadanos se merecen ver tu cuerpo comido por el transporte público. y sí, lo más probable es que nadie antes que tú haya pensado que ocho minutos son demasiado tiempo para querer morir, que caminarás de nuevo hacia el otro lado y cruzarás un río (un río, ¿comprendes?), pero esto que haces no tiene nombre. nadie se atreve a ponerle un nombre porque esto no lo hacen las buenas personas, y solo las buenas personas se atreven a ponerle nombre a lo que hacen porque no tienen que responder ante la señora que te aparta de las vías y te pregunta, mojándote la cara con un perdigón, qué coño estabas haciendo. aunque queden seis minutos, seis exhaustivos minutos que significarían ante los ojos de cualquiera que solo te habías parado para descansar, para tomar el aire. que sabías que faltaba un rato pero que el tranvía iba hacia ti como una máquina de apagar móviles (y cuerpos). ¿habría sido posible, dime, que hubieras esperado seis minutos más? seis minutos entre ti y la nada. seis minutos que gastas ahora sentada en la parada, mirándote las piernas desnudas por debajo de una falda que no, que no, que no te representa. ¿quieres morir? ¿quieres que duela? ¿quieres sentir que quieres morir y que quieres que duela? lo haces, claro que lo haces: ahora contemplas los raíles con tristeza, piensas en todo lo que te han robado la señora y sus perdigones, en todo lo que te ha quitado el mundo porque siempre hay alguien en la calle y siempre hay alguien que te roba la muerte. la muerte, la escupida muerte. y viene el tranvía como un rayo y la pantalla palpita: 1 minuto, 1 minuto, 0 minutos. en este instante tu cuerpo se habría disuelto en pedazos y el chico de la bici, la chica con rastas y la señora de los perdigones te habrían visto por dentro. todo tu interior esparcido bajo los pies minúsculos de las veinte personas que van en los vagones. y si te subes al tranvía vas a sentir cómo surfeas por encima de tu muerte, de tu suicidio cobarde. si te subes todos te van a mirar porque has crecido, te has apartado del final y has crecido hasta pasar por encima de ellos y hasta tener los dedos grandes como farolas. vas a llegar a casa, honey. pero lo haces: no te subes, no te subes. 10 minutos para el próximo tranvía.

Soy un árbol

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Foto: Man Ray
Quiero inventar para ti un ser nuevo. Que piense como yo y que te mire como yo (y que me tenga dentro, sintiendo desde mí el tacto con la piel y el olor con la nariz y las palpitaciones, mis palpitaciones, sus palpitaciones secas). Pero un ser nuevo, construido a partir de todas las cosas que amo: copio, pego, recorto, me hago con lo que sobra de mis labios. Con mis esquinas, mis esquinas concurridas y torcidas, mis ojos como el beso de una flor fluorescente. Dos voces: una para el mundo y otra para el amor/salir del mundo y entrar en mi casa/Quiero inventar para ti un ser sin fisuras. Sin dolor, sin dolor y sin ojos que se balancean hasta el techo y observan el techo y beben agua de la lengua del techo. Yo y no yo. Yo, yo revolviéndome dentro de mi cuerpo, yo empujando para salir y saliendo. De espaldas saliendo. Quiero ser un árbol en el centro de mi pecho. Sorprenderte si de pronto mi ser nuevo se agrieta, si se me tiñe la piel de rayos o si me confundes con pájaros en la antena parabólica. Guardar de nuevo ese dolor y que mires, que contemples mi nuevo cuerpo (el mismo cuerpo, pero derecho) sin el grito, el llanto, el agujero apuntalado al cuello de mis piernas.
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Me gustas con dolores, llorando en la cama, retorcida. Me gusta la esquina de tu espejo. Me gustas completa y figurada y esparcida. Eres, eres, eres.
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Silencio. Soy un árbol, soy un árbol diagonal.